A veces me pasa que me pongo discos nuevos, de los últimos 3-4 años, y los escucho, y molan. De esto que dices «ta guapo», y muy bien, pero ya; te falta algo. En cuanto termino, me viene una apetencia rara de ponerme algo viejo, y me enchufo algo de los beatles, los clash, los police, led zep, zz top o algo de por ahí.

Y no es por nostalgia, porque me falta mazo de cultura musical de los 60-70-80 y casi todo lo que se hizo entonces es nuevo para mí. Es el instinto respondiendo a un déficit, como cuando te falta potasio y el cuerpo te da antojo de plátanos porque es listo y sabe cómo embaucarte para darte lo que necesitas.

Entonces pasa algo curioso. Lo que digo no es «ta guapo», sino más bien «QUÉ PUTO FLIPE JODER», y entonces, no solo me pulo el disco que fuera entero, sino que, durante los días siguientes, tengo réplicas de apetencia y necesito volver a ello —aunque sea medio tema— para calmar las orejas.

En los clásicos encuentro detalles, texturas, giros armónicos y melodías que son un «QUÉ PUTO FLIPE JODER» y que me recuerdan a detalles, texturas, giros armónicos y melodías que ya había escuchado en discos muy posteriores y que solo consiguieron arrancarme un «ta guapo» cuando los escuché por primera vez. Misma idea, 40 años de diferencia, ausencia total de mojo.

Algo se está perdiendo en la traducción generacional. Igual es el copiar la forma sin el fondo, o la manía de intentar repetir lo que ya funcionó y frustrarse al ver que solo podía funcionar una vez.

Diré que a veces también me pasa que me pongo discos nuevos, de los últimos 3-4 años, y los escucho y digo «QUÉ PUTO FLIPE JODER»; buena mierda se ha hecho en todas las décadas. Sea como sea, hay que escuchar más música que sea un «QUÉ PUTO FLIPE JODER»; si no, no tiene sentido.

26/02/2019

No es ningún secreto que estoy pasando por una de mis etapas más grincheras en lo relativo a todo. Y es que es difícil mantener el optimismo cuando el mundo tiene la cabeza cada vez más metida en el culo y se va a la mierda cada vez más rápido. Pero hoy traigo motivos para tener esperanza.

El caso es que ayer me encontré un post en el Instagram de Coki Giménez —un crack; batería de Tarque y Dani Martín entre otros— donde aparecía tocando un beat de un minuto a la batería y animaba a todo el que quisiera a «hacer algo con ello». El beat tenía rollazo y a mí me flipa como toca este pavo, así que me puse manos a las cuerdas a ver cómo caminaba el tema.

Después de un rato salió un riff bastante guapo y lo compartí a ver qué opinaba el padre de la idea:

Es una tontería de una tarde de un martes cualquiera metido en internet, solo que en lugar de defender que la tierra es plana, nos hemos sacado un trozo de canción. Y eso es superbonito troncos, que la tecnología también sirve para que músicos que no nos conocemos de nada colaboremos desde la distancia y hagamos cosas así de chulas. Grande Coki.

30/01/2019

Los propósitos de año nuevo funcionan debuti.

— Nadie, nunca

Este año he decidido imitar a toda la gente lista que sigo en internet y no hacer propósitos. En lugar de eso, me he sentado un rato a pensar en todo lo que ha pasado durante 2018 y hacer balance de lo bueno, lo malo y lo mediocre; lo que se llama hacer una «retrospectiva».

Formas de retrospectivizar hay muchas. La mía ha sido coger la agenda del año pasado y repasarla desde enero hasta diciembre, recordando —como buenamente he podido— todo lo que he hecho y apuntando movidas en dos columnas:

  1. Las cosas que me hacían olvidarme del móvil.
  2. Las cosas que me hacían mirar el móvil con frenesí.

Y ya está.

Ahora la idea es hacer más cosas de la columna 1 y menos de la columna 2, hasta que la segunda columna desaparece y tú te conviertes en un vórtice de arcoíris, luz, color, y truños de unicornio.

Feliz año, gente.

02/01/2019