Llevo una temporada queriendo escribir otra vez. Contar mis movidas, por el gusto de contarlas y porque me ayuda a pensar mejor. El problema es que el concepto de escribir y publicarlo tiene una parte de exposición con la que no estoy tan a gusto como antaño. Dejando al lado la pregunta de si necesitamos más blogs o si tengo algo interesante que contar —que yo qué sé—, me hace recordar todas las veces que escribí de una cierta forma o sobre ciertos temas solo porque no me encontraba a gusto conmigo mismo. Me trae a la cabeza la ansiedad por gustar y la necesidad de validación externa para calmarla, y me avergüenzo un poco.

Así que hice lo que hago siempre en estos casos: dejarlo en la lista de «cosas para pensar», seguir con mi vida y dejar que las respuestas viniesen a mí —o dejar que mi atención sesgada hacia el concepto de los blogs personales y el acto de escribir públicamente fuese hacia las respuestas; en la práctica son dos fenómenos indistinguibles—. Convenientemente, mi lista de consumo se plagó de artículos, vídeos y miscelánea de redes al respecto y una opinión se fue formando.


Ya por curiosidad, el momento guapo de la absorción internáutica fue cuando se me recomendó este vídeo por parte de Austin Kleon y CJ Chilvers en la misma semana. El título da repelús, pero tiene un par de puntos muy buenos sobre la motivación de tener un blog personal que me tocaron la patata.


En resumen: creo que todo lo que sea menos algoritmos, y más blogs personales y «diversidad editorial» —gente hablando de lo que le sale de las gónadas— está bien. Muy bien.

Solo me faltaba superar la grimilla esa de los posts antiguos con extra de azúcar y condescendencia rancia. Como tampoco es que fuera yo un autor prolífico del copón, me revisé todos los posts de la historia del blog —no había tantos— y fui retocando párrafos conflictivos o eliminando entradas de cuajo —de verdad, la cantidad de «sonríe, no te cuesta nada» que he borrado tenían glucosa para hacer un donut fondant por lo menos.

perezoso vomitando arcoiris

Una cosa que me ha llamado la atención es lo fácil que ha sido distinguir entre lo sincero y lo pretencioso dentro de tanta letra. Leyéndome yo a mí mismo es fácil verme el plumero a la milla, y tal vez haya acentuado la clarividencia del proceso y lo vivo de las sensaciones; la angustia y la incomodidad con los artículos de corchopán y la paz absoluta con los de verdad.

El día que hice la criba dormí como un bebé. Experimenté esa paz que viene después de limpiar los cajones y deshacerte de todo lo que ya no te sirve; de sacar toda la ropa del armario y largar todo lo que no te hace sentir bien con ello puesto. Porque es verdad que las palabras que decimos nos visten en cierta forma, y está bien vestirnos solo con lo que nos hace sentir bellísimos.

Lo de ser un intenso no se ha pasado con los años. Pero ea, estoy recómodo.

Abrazos.

19/02/2021

Toni Morrison, sobre el trabajar y mantenerse cuerda:

Entonces, un día, sola en la cocina con mi padre, me quejé un poco de mi trabajo. Le di detalles, ejemplos de lo que me molestaba, y aunque me escuchó con atención, no vi compasión en sus ojos. Ni un «oh, pobrecita». Igual entendió que lo que quería era una solución, no una forma de escapar de mi trabajo. En cualquier caso, dejó el café en la mesa y dijo: «Escucha. No vives allí. Vives aquí. Con tu gente. Ve a trabajar. Gana dinero. Y vuelve a casa».

 

Eso fue lo que dijo. Esto fue lo que escuché:

  1. Sea cual sea el trabajo, hazlo bien —no por el jefe, sino por ti.
  2. Tú haces el trabajo; el trabajo no te hace a ti.
  3. La vida real está con nostros, tu familia.
  4. No eres el trabajo que haces; eres la persona que eres.

Desde entonces, he trabajado para todo tipo de personas, genios e imbéciles, espabilados y bobos, bondadosos y no tanto. He tenido muchos tipos de trabajos, pero desde aquella conversación con mi padre no he vuelto a considerar el nivel de mi trabajo como una medida de mí misma, y no he vuelto a poner la seguridad de un trabajo por encima de mi hogar.

Sí a todo.

Abrazo.

Sacado de aquí.

29/08/2020

Resulta que un señor llamado Carlo Cipolla ya modeló en 1988 cómo se comportaban los estúpidos, y me parece brillante. Paso directamente a enunciar las cinco leyes:

  1. Siempre e inevitablemente se subestima el número de estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de dicha persona.
  3. Los estúpidos causan daño a otras personas sin obtener ellos ganancia personal alguna, o, incluso, provocándose daños a sí mismos.
  4. Las personas no estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de los estúpidos.
  5. Un estúpido es mucho más peligroso que un malvado.

Como parte de esta teóría, se presenta también una clasificación curiosa de las personas. Si las ordenamos en función del perjuicio y beneficio propio y ajeno, resultan cuatro tipos de personas:

  1. Inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.
  2. Incautos: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.
  3. Estúpidos: perjudican a los demás y a sí mismos.
  4. Malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.

Me gusta porque antes pensaba que Trump era estúpido cuando en realidad es malvado; Miguel Bosé, sin embargo, me sigue pareciendo estúpido.

Estas leyes tienen 32 años, pero son bastante utilizables a día de hoy y cada año que pasa van ganando importancia —lo cual no dice mucho del ser humano como raza, pero ea.

Abrazo.

Lo he sacado de aquí y de aquí.

23/08/2020