5 trucos para hablar como Constantino Romero 9'

por Bor Cobritas 18/11/2013

¿Alguna vez os habéis grabado y al escucharos habéis dicho algo como… «¿esa es mi voz? ¡Qué horror! ¡Aaaaah! ¿De verdad sueno así? Dios, es que vocalizo fatal, parezco un pijo de mierda. ¿Y todas esas muletillas? ¿De verdad digo tanto ‘osea’? Madre madre madre…»

Yo también; muchas. Y me sigue pasando; cada vez que me escucho grabado. Por esto tengo un blog y no un canal de YouTube (mentira, es porque me da toda la pereza editar vídeos). (Corrección 2016: Al final me he venido arriba y he abierto el canal para decir tontadas.)

Además me pasa que hablo a toda leche, no sé si porque pienso muy rápido o porque se me olvida todo muy rápido y quiero decirlo antes de que se me vaya la pinza. Y de la manita con eso, pues vocalizo fatal, se me olvida que existen las consonantes y soy peor que un andaluz sin dientes recién despertado y de resaca.

Darth Vader trajeado

Objetivo: Darth Vader con estilazo

Alguna vez me he planteado hacerme el mudo y aprender lenguaje de signos, o hacerme el afónico e ir con una pizarrita por la vida (sobre todo en discotecas ruidosas. De hecho, eso quiero probarlo), pero al final siempre termino volviendo al vocablo sonoro. Es un tema de conveniencia, y es verdad que mientras no nos pongamos un megáfono o pasemos por el quirófano vamos a seguir teniendo la misma vocecita, así que, ¿qué hacemos?

Solo tenemos una voz, y lo mejor que podemos hacer con ella es que sea única y que suene bien alta y bien decidida cuando queremos ser escuchados. Solo tenemos una, pero por suerte para nosotros, con un par de ajustes tontos podemos pasar de tener un hilillo tembloroso a un chorrazo de ondas capaz de dejar vibrando hasta al más pintado.

Además, saber hablar es sexy.

Una vez escuché a Constantino Romero y quise ser como él, salvo por la calva y el bigote. Así que me puse manos a la obra, y en el camino encontré 5 trucos que me han acercado un poco más a Mufasa y Darth Vader. No como para doblarlos, pero sí como para que me entiendan en los bares cuando pido copas.

Yo os lo cuento por si os sirve algo, y así igual os robo horas de tele. Los que vayáis con prisa e igualmente queráis ver Sálvame, id directos a las negritas; los que venís por los chistes, buscad bien porque lo mismo se me cae alguno.

Eres lo que dices

Contar algo empieza por creérselo. Tienes que creer en ti. En serio. Si no crees tú, ¿quién va a creer? Hay que darle motivos al resto para que te escuchen y para que le den valor a tus palabras, y eso empieza por hacerlas de oro y sacarles brillo. Hazlo bonito.

Hasta hace un par de años hablaba mascullando las palabras y sin vocalizar, no por problemas de dicción, sino por falta absoluta de confianza en mí mismo y mis ideas. Si crees que mereces la pena (que deberías), lo que tienes en tu cabeza también lo merece. Eres fruto de tus ideas, y si ellas han sido capaces de crear algo tan único como tú, desde luego que merecen ser escuchadas.

Todo empieza con una buena dosis de autoestima. Si tú no te valoras, no valoras tus ideas, no valoras las palabras que las explican, y palabras sin valor se olvidan casi antes de ser escuchadas.

Cuando empiezas a darte valor, las palabras adquieren más cuerpo y vuelan mucho más ligeras. Brillan más, se entienden mejor y hasta suenan más bonitas a oídos de la gente. Y luego, las más especiales se quedan guardadas como tesoros en los corazones que han sabido apreciarlas; y eso no tiene precio.

Échale tripas

Para hacerte oír hace falta confianza y volumen, y las dos salen del mismo sitio: de las tripas. El aire sale de los pulmones cuando los contrae el diafragma. Luego, este aire que sale, resuena en nuestro cuerpo (en las zonas huecas, donde no hay nada; el tórax, los senos del cráneo y el cráneo en sí en ciertos políticos) y se genera un sonido.

Si quieres sacar el máximo partido a tu diafragma, relaja los hombros, respira hondo empujando el diafragma hacia la pelvis, llena el estómago de aire, contrae los abdominales y empuja tus palabras desde abajo, no tires de ellas desde arriba. Cómo es más fácil tirar a alguien a la piscina, ¿tirando de él o empujando? Pues eso.

Proyecta el sonido desde allí donde viven los instintos y verás como tienes más volumen y menos afonías; y lo mismo hasta sacas la tableta.

Vo-ca-li-za

Ya te crees las palabras y has conseguido que suenen. Lo que pasa es que no hay Dios que las entienda porque parece que tienes una chancla en la boca.

Por ejemplo, si eres madrileño, o un poco chulo, cuando quieras decir:

Esque tío, estoy matado. Osea, sabes, que no he dormido una mierda porque encima un notas no dejaba de gritar por la noche. Trae una coca-cola, anda.

Vas a terminar diciendo:

Ejje tío, shtoy matao. ‘Sea, sæs, qn’he drmío ‘namierda poc’kenciman notas nœjabaeritar pol.la noche. Truna coacolanda.

Y eso no puede ser. Lo mismo es extrapolable a todos los acentos de la península y latinoamérica, especialmente a vosotros, mis queridos andaluces.

Otro beso para los andaluces. En serio chicos, os quiero.

Lo mejor aquí es hacer una cura de choque y tirarse una semana entera pronunciando todas las sílabas a ver si se pega algo. Como esto no va a pasar, intenta por lo menos ser consciente de las meteduras de pata más garrafales y enmendarlas en el momento. Quiero decir que lo repitas, a ver, que si dices «amacomé», sigas con un «joder! Perdona. Va-mos-a-co-mer. Que ya no sé ni hablar».

Sí sí, humíllate y todo, que así es más efectivo. Haz hincapié en las ennnnnes, las errrres, las bbbes, las pppes, las kkkkkas, las jjjjotas, las ttttes, las esssses (sobre todo si eres andaluz); en todas vamos. No dejes títere con cabeza, pero sobre todo no te pases de la raya y empieces a decir Bilbado, colacado y bacalado; por favor.

A partir de ahí, cuando estés más acostumbrado a decir todas las palabras como realmente son, ya podrás empezar a cambiar los -ados por -aos y esas cosas que nos gustan a nosotros. Porque no nos engañemos, hablar un poco mal imprime carácter y es muy sexy (al final todo es sexy mientras te lo creas y le eches confianza).

Las muletillas son para lisiadillos

Va, ya te lo crees, se te oye y se te entiende, pero por algún motivo no dejas de intercalar muletillas y chascarrillos que a base de repetición se vuelven un poquitín insoportables.

Las muletillas son la salsa de la vida. Anda que no nos habremos reído de profesores por las muletillas crónicas que se gastan algunos. Y anda que no sienta bien escucharlas de boca de un viejo amigo cuando hace tiempo que no lo ves; es como oler su colonia, te hace sentir como en casa.

Pero como en todo, la dosis hace al veneno, y estas muletillas son capaces de convertir cualquier conversación maravillosa en una sucesión de frases hechas sin sentido que no lleva a ninguna parte. Intenta concienciarte, darte cuenta de cuáles son tus muletillas. Pregúntale a la gente incluso. Seguro que estarán encantados de reírse de ti un rato; tú ganas en autoconocimiento y ellos en risas.

Una vez que las tengas, haz examen de conciencia y mira a ver cuáles forman parte de tu personalidad y cuáles, simplemente, son basura. Después, corta las inútiles por lo sano. Compórtate igualito que cuando estabas con las vocalizaciones: después de cada muletilla, propósito de enmienda. Después de cada «yo qué sé, esto es como todo», un «joder! Perdona, que no paro de decir eso y estoy harto. Quería decir que entiendo que es una putada, pero ya sabes que hay cosas como esa que no se pueden cambiar tan fácilmente».

Lee. En voz alta. Con un lápiz entre los dientes

El principio de especificidad dice que si quieres mejorar en algo tienes que hacer ese algo. Según esto, para hablar mejor, lo que hay que hacer es hablar, ¿verdad? Lo que pasa es que, cuando practicamos algo que ya sabemos hacer pero que queremos hacer de otra manera, es muy común relajarnos y caer en viejos vicios, convirtiendo así nuestra sesión de mejorar en una sesión de empeorar; porque somos unos vagos.

Por esto vamos a leer en plan putadón. Coged un boli, mordedlo, empujadlo un poco hacia atrás y empezad a leer; con el boli entre los dientes, claro.

Con 10 minutos al día de esta humillante y babeante experiencia, mejorarás tu dicción un trayamonocientos % en una semana. Sí, es horrible, y no apetece nada hacerlo, pero como ya sabéis, cuando algo nos da miedo, eso es lo que hay que hacer.

Os voy a dar un adelanto de lo que os espera para abrir boca:

  • Lo primero, empezaréis a leer y sentiréis cómo ninguna sílaba suena como debería.
  • Después, tras el primer esfuerzo, la dicción empezará a mejorar, hasta que se os canse tanto la lengua de darse de golpes contra el lápiz que volveréis a experimentar esa sensación de incomprensión absoluta de antes.
  • Más tarde, sacaréis fuerzas de flaqueza y empezaréis a hablar más pausado y más despacio, prestando infinita atención a cada palabra y torneando cada fonema con la dedicación de un artista inspirado.
  • Entonces empezaréis a babear.

Y esto son los primeros 40 segundos. A que apetece?

«Luke… Yo soy tu padre»

Bueno, aunque ya seáis unos hachas del habla y la expresión hablada, espero que por lo menos os lo hayáis pasado tan bien leyendo como yo escribiendo. Como sigo siendo muy petardo y tengo días en los que no me entiende ni el Siri (especialmente el Siri), los consejos son bienvenidos.


Foto: Coolmaterial.com

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