La vez que llegué 630 kilómetros tarde 3'

por Bor Cobritas 07/02/2015

¿Nunca te ha pasado que has quedado con una persona, un día, a una cierta hora, en una calle determinada y un número concreto, pero se os olvida concretar en qué ciudad? A mí sí.

El otro día quedé con un reputado locutor de radio y DJ para entrevistarle (los que me seguís en Twitter ya sabéis quién, y los que estéis apuntados en la lista de correo ya lo sabréis). La historia viene de que me apetecía conocerle y le escribí por Twitter. Luego él, muy majo, me dio su teléfono, le llamé y quedamos un día, a una cierta hora, en una calle determinada y un número concreto, pero se nos olvidó concretar en qué ciudad.

A ver, que no es tan raro. Yo soy de Madrid y trabajo en Barcelona, y él es de Barcelona y trabaja en Madrid. Y es como más o menos normal dar por hecho que estábamos en el mismo sitio, ¿no? ¿NO? Pues no.

Tendrías que haber visto la cara de gilipollas que se me quedó.

Cara de gilipollas

Más o menos esta, pero porque no tengo otra

 

“Sí, hola, mira, que ya estoy aquí. ¿Que si estoy en la recepción? ¿De qué recepción hablas? Pero si esto es un portalucho de mierda, ¿cómo va a haber recepc…? A ver a ver, que igual me he equivocado. Yo le he preguntado a Google y me ha dicho que esto estaba en la Plaza de Tetuán, entonces… Espera, espera, ¿que no conoces muy bien Madrid? ¿No me jodas que estás en Madrid? ¿Yo? ¡Yo estoy en Barcelona!”

Había movido y removido mi agenda para estar allí ese día, a esa hora, en aquella calle y en aquel número. Había hecho un esfuerzo, había sacrificado planes, estaba llegando tardísimo al trabajo y le había dicho a mucha gente que iba a hacer una entrevista a un reputado locutor de radio y DJ, ¿y todo para equivocarme de ciudad?

Mi primer impulso fue empezar a despotricar y a elegir culpables para sentirme “mejor” con la situación, y solo habría conseguido cabrearme yo y llegar de mala folla el día que nos viéramos de verdad. En lugar de eso, opté por descojonarme de mí y empezar a llamar a todo el mundo para contarle lo imbécil que soy a veces.

Tomarte en serio es la típica cosa que te puede amargar la vida entera. Creerte que tienes un montón de cosas súper importantes que hacer y que nadie entiende por lo que estás pasando y que todo es una afrenta personal hacia ti y, sobre todo sobre todo, que nunca te equivocas y que eres perfecto.

Es una caricatura exagerada, y es cómo piensa mi yo gruñon (creo que voy a llamarlo Bartolo) cada vez que sale a tomar el aire. Porque todos tenemos un Bartolo que se cree súper importante.

Me gusta mucho exponerme a cosas nuevas que tengan una gran probabilidad de salir mal, y también me gusta que salgan mal. Así consigo una serie de cosas:

  1. Esconder a Bartolo.
  2. Aprender el arte de estar ahí parado como un pasmarote y manteniendo la compostura, sabiendo que la acabas de liar.
  3. Aprender a lidiar con el rechazo.
  4. Improvisar.
  5. Acostumbrarme a encontrar soluciones nuevas en tiempo real.
  6. Ver los fracasos como “intentos fallidos de un experimento” en lugar de como fracasos.

Cuando intentas cosas nuevas, cada vez te sientes más cómodo con los rechazos y cada vez te cuesta menos intentar cosas nuevas. Es un círculo virtuoso; un círculo Maravillawesome. Además, si pruebas a hacer cosas chulas, alguna saldrá, ¿no? Vamos, digo yo… Esto es estadística pura. Y digo yo que el no ya lo tienes.

Además, ¿a cuánta gente conoces que se haya equivocado de ciudad? ¡Es la mejor anécdota del mundo!

Igual también te mola