Los pobres artistas están en pelotas 5'

por Bor Cobritas 04/09/2016

Las mejores obras siempre han sido las que han dejado en bragas al autor ante el público. Las que han dejado entrever demasiado de su verdadera cara y que, tal vez por eso, se vuelven en cierto modo irresistibles. Son una versión más políticamente correcta de espiar a tus vecinos mientras se ponen el pijama (una versión bastante más íntima e innecesaria que espiarles haciendo el amor), y esa ventana a la realidad del artista es la que crea el vínculo con el espectador y la que le genera esas ganas de volver, y la que le hace conectar consigo mismo a fuerza de ver cómo alguien ha conectado así consigo mismo y lo ha publicado en alguna parte.

artistas

Siempre creeré que toda esa gente que crea cosas que me emocionan no puede salir indemne de sus obras. La materia prima de sus creaciones suele nacer de experiencias duras que han dejado mella de alguna forma y que, regurgitadas de aquella manera, han dado lugar a algo enseñable. Tan enseñable que cualquiera que tenga un ordenador y un poco de destreza lo puede ver y hacer lo que le parezca con ello, desde hacerlo suyo hasta despreciarlo con rabia, pasando por el archifamoso pasar en moto; y mientras, allí está el padre de la criatura, aguantando estoicamente cómo un desconocido hace uso y abuso libre de una parte de él, y está bien, porque en cierto modo lo ha hecho para eso.

El arte

Tiene que ver con una racionalización artística de sus neuras, algo así como un tratamiento desinfectante para materiales de alto riesgo que los vuelven aptos para el consumo e inofensivos para el consumidor. Un proceso necesario por el que pasar toda emoción susceptible de dañar al portador a largo plazo: desamores, muertes, fracasos, frustraciones. Porque el mejor arte nace de las peores experiencias; como una declaración de resurrección por parte del artista, donde el enfrentamiento directo contra una realidad que no, deja una cicatriz que a todos nos gusta mirar, y que nos cuenta cosas.

Para mí, la artesanía de la música, la escritura, el cine, la pintura, y todas las artes de base visceral, radica en exponerse elegantemente de modo que el creador pueda salirse con la suya sin que los demás lo noten mucho. En sincerarse hasta el tuetanillo sin ponerse intenso; quitándole hierro al asunto, ya sabes, con humor y sin demasiados aspavientos. Imbuir la obra de una cierta neutralidad pasota que se hace la interesante y que nos da ganas de explorarla sin que ella tenga que llamar la atención de forma explícita y que así nos deje elegir a los consumidores cómo de íntimos queremos ponernos con ellas sin sentirnos obligados a nada.

Cuestión de necesidad

Supongo que llega un momento en el que los artistas se dan cuenta de que las experiencias de las que se alimentan sus creaciones no tienen ningún sentido si solo se almacenan dentro de su persona; sobre todo si tienen la capacidad de hacer algo bonito con ellas. Los artistas somos unos intensazos de cuidao, muy egocéntricos y con un sentido del orgullo muy desarrollado (hasta el punto de osar autodenominarnos artistas, mira tú). Está en cierto modo grabado en nuestra personalidad; hay un momento en el que te das cuenta de que te pesa más la frustración de no hacer algo bonito con la experiencia que el miedo a exponerte y el qué dirán. Y ahí es donde empiezan las curvas, y empiezan a pasar cosas.

Luego está el bloqueo del escritor, que tiene nombre de película de culto. Igual por eso todos nos vanagloriamos de que lo hemos visto, para dárnoslas de entendidos ante los demás y mostrar nuestras cicatrices de creador desangelado. Y en realidad, el bloqueo no es más que miedo a contar historias, ya sea porque nos parecen poco dignas de contar o porque nos parecemos poco dignos para contarlas. Es una época en la que el artista necesita definirse creando y no crea porque todo le parece borroso y no quiere arriesgarse a que la opinión de los demás pueda mermarlo hasta, tal vez, hacerle perder el interés en contar historias.

Superpoderes

Los miedos y anhelos de los artistas pasan muchas veces por ahogarse en un vaso de agua, y es precisamente esa capacidad de hacer un mundo de las cosas pequeñas la que les permite ser geniales en su trabajo. Esa hipersensibilidad pasada de rosca, la bendición y la condena de vivirlo todo en HD y tener que encontrar una vía de escape sin autodestruirse en el intento. Es una forma distinta de conectar la realidad y un grado distinto de profundidad en el aprehendizaje de lo que pasa por delante de todos nosotros. Que a veces es un gustazo, pero otras jode.

Son ciclos de inspiración y desesperanza que, en última instancia, terminan formándose en otra cosa. Y es precioso que el público podamos ser partícipes de ello sin ser enteramente conscientes de lo que lo generó, igualico que podemos tener unos pendientes de obsidiana sin tener que vivir una erupción volcánica. Son cositas que nos vienen en cierto modo dadas y que nunca llegaremos a apreciar del todo; solo la parte brillante.

Por eso, si te encuentras con un artista, dale un abrazo; le sentará bien.

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