Plantarle cara al miedo y darte cuenta de que es súper feo 7'

por Bor Cobritas 14/11/2013
Keep calm and call batman

Que no cunda el panrico

Soy un cagao. Llevaba queriendo sacar este blog como… yo qué sé, un año o así. Tenía el título y hasta tenía un esbozo del concepto; incluso se lo había contado a un par de personas, ¡mira tú qué cosas! El caso es que la idea estaba ahí, pero claro, no estaba sola. También tenía dudas (muchas) y sobre todo miedo; muuucho miedo.

Estaba acojonado, los tenía de corbata. Estaba ilusionado, claro que sí. El proyecto iba avanzando, y junto con las pensadas de concepto, de vez en cuando me sentaba a escribir algo. Pero claro, no todos los días son buenos, las ideas no siempre fluyen y a la mínima que dos frases no me cuadraban, entraba en pánico y empezaba a rayarme la cabeza a lo más grande.

¿De verdad esto le va a gustar a alguien? ¿Quién soy yo para andar sermoneando a la gente? ¿Y si no sale bien? Madre mía… ¡voy a quedar como un palurdo! ¡Aaaaaaaah!

Entonces me iba a mi cuarto y metía la cabeza debajo de la almohada en plan avestruz durante un rato hasta que se me pasaba. Después salía del agujero y como medida preventiva posponía (otra vez) el momento de ponerme a escribir cosas; otro par de meses, o más.

¿A que te suena de algo?

El espejo del miedo

Todos tenemos miedo. Tú tienes miedo, tu padre tiene miedo, tu colega tiene miedo, la chica que te gusta tiene miedo, el flipao de la discoteca tiene miedo y hasta Batman tiene miedo. Todos tenemos un espejo delante de nosotros que nos devuelve un reflejo que no para de repetir «no puedes». Es un reflejo que cuanto más tiempo lo miremos, más real nos parece y más se convierte en nosotros mismos diciendo «no puedes».

Para superar el miedo hay que atravesar ese espejo; romperlo, hacerlo añicos, destruir el falso reflejo. Hay que atravesarlo; solo lleva un momento de decisión, un salto, un pequeño golpe y listo. Y una vez allí se ve todo el camino que nos estábamos negando por no querer saltar de lo acojonados que estábamos.

Batman ha aprendido a no escuchar el miedo a base de comprimirlo y relegarlo a lo más profundo de su supercinturón de superartilugios y tú no. Ya va siendo hora.

El miedo está, es inevitable. Lo que es evitable es hacer de ello un bloqueo que nos impide avanzar. Una vez que asumimos que el miedo es algo con lo que hay que convivir, lo mejor es ponerse en plan tolerancia cero y castigarlo sin salir de casa, en plan Zipi y Zape después de liarla parda.

En el momento en el que tú vences tu miedo, todo se vuelve posible por un instante; para ti y para todos los que lo han visto. Si eres lo suficientemente espabilado y eres el primero que atraviesa el espejo, nada podrá pararte porque no tendrás a nadie delante tuyo.

Salir de tu zona de confort

Antaño (antañoooo haceeee… yo qué sé, prehistoria), salir de la zona de confort podía significar peligros reales, como un mamut despistado o un felino gigante hambriento que podían terminar con tu historia de un pisotón o de un zarpazo. En esa época, los miedosos sobrevivían, y estaban muy cotizados entre las hembras del lugar.

Ahora, sin embargo, no existen los peligros tal y como eran antes. Vivimos en un mundo relativamente seguro donde las «fieras» a las que estamos expuestos tienen más de gatitos que de tigres de bengala. En estos tiempos, el daño  ha pasado de ser físico a ser psicológico, y nuestro miedo de exponernos va más encaminado a proteger nuestra autoestima que a salvar el pellejo.

¿Qué pasa? Que intelecto que no explora es intelecto que no se desarrolla. Personalidades muertas, conformismo, y en última instancia, un letargo vital solo interrumpido por Gandía Shore, QQCCMH y Sálvame. Morimos entre historias de ficción anhelando una emoción que no vivimos; una emoción que absorbemos de pantallazos y páginas a falta de una emoción que se toca, se huele y se saborea.

Pero claro, saltar a oscuras no es tan cómodo como encender la tele o abrir un libro.

La brújula del miedo

Hay una máxima en la vida: si hay algo que te da miedo, eso es exactamente lo que tienes que hacer. ¿Por qué? Porque vas a crecer; seguro. Eso que tanto te acojona te va a hacer crecer como persona más que toda una vida de conformismo, y solo está a un salto de distancia (psicológica y física).

El miedo es una brújula excelente para guiarnos en todo lo que hagamos. Si hay algo que nos da repelús, eso es lo que tenemos que hacer. ¿Hablar con la chica guapa del bar? ¿Cambiar de ciudad? ¿Dejar un trabajo que no te gusta? ¿Viajar solo? ¿Decir que no? ¿Decir la verdad?

Molesta, mucho. Hay un instante incluso en el que sientes como si una manaza te apretase el estómago y empezase a retorcértela sin piedad y sin presentarse. Es horroroso. El corazón se acelera, empiezas a sudar, las ideas se agolpan en la cabeza, las manos se te quedan frías, se te olvida hablar balbuceas y…

Saltas.

Miedo a ganar

No tenemos miedo a lo desconocido; tenemos miedo a ganar. Nos aterroriza cumplir nuestros sueños. No podemos soportar la idea de conseguir lo que queremos porque entonces ya no vamos a saber qué hacer.

¿Y ahora qué hago, a qué me dedico? Y sobre todo, ¿de qué me quejo?

Dedícate a ser feliz, que ya va siendo hora. Los sueños que asustan son los sueños grandes, los que merecen ser conquistados. Los logros que te cambian la vida y que consiguen que nunca vuelvas a caminar igual. Repito, te cambian la vida; y eso da miedo; da miedo saltar.

La regla de los 3 segundos

Esto lo leí en un libro para ligar. Sí, tengo un libro para ligar. Y sí me lo he leído entero. Y no, no vale para nada; salvo esto:

«Desde que tomas contacto visual con una chica guapa, tienes exactamente 3 segundos para acercarte a ella. Ni uno más.»

Sabias palabras. Funciona. Es real.

Lo que se consigue con esto es no pensar, evitar usar la cabeza y ser puro instinto cuando más lo necesitas. No hay tiempo para excusas, no hay tiempo para autoconvencerse de que es buena o mala idea; solo hay tiempo de saber que lo quieres y de ir a por ello. Nada más.

Esto vale para mujeres despampanantes y para miedos (en el fondo son un poco la misma cosa). Si ves algo que te acojona, tira para allá. Tienes exactamente 3 segundos para empezar a moverte; 3. Si no, habrás perdido tu oportunidad y tendrás que esperar a la siguiente; que igual no llega; nunca. Vamos.

Y si sale mal…

Pues otra vez será. Lo más bonito de enfrentarte a tus miedos es cagarla, darte la hostia, levantarte y darte cuenta de que no era para tanto. La clave del éxito siempre es levantarse más veces de las que te caes. Simple, pero efectiva; no tiene más. Todos nos la hemos pegado alguna vez y las cicatrices te hacen más sexy.

A volar

Douglas Adams escribió:

«Volar no es otra cosa que tirarse al suelo… y fallar.»

Según cómo se mire, equivocarse igual no está tan mal, pero no vas a saberlo hasta que no venzas el miedo y te lances a través del espejo. Recuerda siempre que los peores arrepentimientos son todas aquellas cosas que no se llegaron a hacer.

Todo es imposible hasta que alguien se pica, va y lo hace. Sé ese alguien.

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