Guía para esperar: Las crónicas del neumotórax 10'

por Bor Cobritas 11/01/2016

Guía para esperar

Este es un post brutalmente personal de unos días que pasé ingresado con un neumotórax. Es una hospitalización curiosa, porque nunca terminas de sentirte como un enfermo y siempre tienes la ansiedad de que deberías estar en otra parte haciendo otra cosa, como seguir el ritmo de la vida.

La recuperación consiste, básicamente, en esperar durante un número indefinido de días hasta que se cure. Luego, te vas a casa y sigues con tu vida. En ningún momento pierdes tus facultades mentales ni te duele tanto como para que sientas que realmente estás enfermo. Es un tipo de espera obligada y en cierto modo innecesaria por la que, simplemente, te ves obligado a pasar. Como un punto y coma en mitad de una vida normal.

Esto lo convierte en una espera un tanto desesperada, donde ves cómo todo pasa menos tú. Y entonces te haces preguntas, y al final vuelves sin respuestas, pero con un texto cojonudo lleno de tácticas mentales que mejor que no se te olviden.

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Hay gente que celebra el año nuevo descorchando champagne. Yo, como soy muy original, preferí descorcharme un pulmón.

Hablando en plata, un neumotórax es una lesión pulmonar en la que se te pincha un pulmón y el aire se queda atrapado en la cavidad torácica. Este aire, obviamente, no sirve para nada y hay que sacarlo, y para esto, te clavan un tubo entre las costillas (tubo intercostal, lo llaman los entendidos) y te lo conectan a una bomba de vacío (pleurovac, lo llaman los entendidos). En resumen, que cuando te da, tienes por delante una recuperación de vetetúasabercuántos días con la única compañía de tu tubito de las costillas, el dolorcillo y tu pleurovac.

neumo

¡Y esta es mi cara!

Dentro de las indudables ventajas de esta condición está la cantidad ingente de tiempo libre que pasas a tener entre manos (o entre costillas), y el delicioso y realajante ruidito que hace el pleurovac cuando drena. En serio, es como tener una fuente zen en la planta 6 de un hospital en plena California. Más allá de eso, mmmmmeh…

Además de la incertidumbre inherente a, simplemente, esperar a ver las horas pasar a ver qué pasa, después de un neumotórax no está recomendado volar en avión durante 2-8 semanas. Y claro, este neumo me dio en California, yo trabajo trabajaba en Barcelona, tengo media vida en Madrid, y a ver cómo vuelvo si no es en mula y barco. La que he liado pollito.

En este punto de tiempo libre, sumado a cosas que no puedes controlar acechando tu cabeza, impera la reflexión potente, la indulgencia en dulces, las drogas duras o los cabezazos en repetición contra la columna. Aquí la comida la racionan, los calmantes intravenosos me daban resacas terribles, y las enfermeras vienen a ver si estás bien en cuanto tus pulsaciones hacen cosas raras, así que…

Al rincón de pensar

Cuando tienes la cabeza llena de un tema, cuando estás obsesionado con una sola cosa, es muy complicado reflexionar sobre esa cosa en concreto, porque todo el material mental que tienes a tu alcance está compuesto o empapado de ello, y es imposible ser ni remotamente imparcial. Sin embargo, es el momento perfecto para reflexionar sobre absolutamente todo lo demás, porque con tan poco espacio disponible, solo te puedes centrar en lo esencial.

Esperar en un hospital es de los actos más valientes y que más desgastan. Es una lucha constante contra la incertidumbre, y una necesidad continua de estar solo en el presente, tomar decisiones solo basadas en el presente y ser muy fuerte en el momento. Porque aquí, más que en ningún lugar, no existe el futuro. Todos los días son una copia exacta del anterior. Las comidas son más o menos a la misma hora, los enfermeros y las enfermeras dicen más o menos las mismas cosas, los doctores no terminan nunca de ponerse de acuerdo; y nunca nadie se moja y te dice cuándo vas a poder volver a casa. Normalmente hacen una estimación de estas de chuparse el dedo y ver hacia dónde sopla el viento, y te la dicen para que te quedes tranquilo, pero siempre tienen preparado el argumento contrario por si al día siguiente vuelven con otras noticias. La única realidad es que no sabes nada.

Gestionando expectativas, old school

Cuando te ingresan, dejas de molar un 70%. Será la batita ridícula, el hecho de que no te puedes duchar, o lo de que estás medio minusválido por llevar un tubo colgando de las costillas. Sea por lo que sea, das un poco de pena, y la gente que te ve, se compadece automáticamente de ti y te mira con carucha como si lo estuvieras pasando de pena. Que a ver, que muy bien no estoy, pero puestos a que ya lo sé y tú también, cuéntame un chiste. Entiendo que haya gente a la que le mole ponerse en plan víctima, pero a mí me rebaja el mojo por encima de los mínimos recomendables, y eso no mola nada.

Aunque seamos realistas, tampoco funcionas del todo bien, y en tu cabeza te crees que eres aquí Super Mario.

Además, pierdes totalmente el control sobre tu entorno y tu evolución: no controlas cómo ni cuándo vas a mejorar. Y vives una lucha constante por no hacerte ilusiones, aceptar tus limitaciones todo el rato y entender que todo eso que ahora puedes hacer y no podría cambiar en cualquier momento.

Prepare for the worst, hope for the best.

Que decían los estoicos clásicos. Esos sí que sabían gestionar expectativas. En el momento en el que eres capaz de aceptar que los peores escenarios podrían pasar y estás a gusto con ello, ya pueden pasar las horas, que cualquier mierdecilla te va a hacer ilusión.

Es duro, porque es un proceso en el que te convences a ti mismo de que las cosas no iban a salir como pensabas, de que tú no eras tan infalible como pensabas y que todo lo que te rodea es tan frágil como un globo. Fíjate qué fácil ha sido pincharlo. Sin embargo también somos los seres más robustos, porque si no, ¿de qué seguiríamos luchando?

El sentido de la vida: el del humor

Es otra cosa que me pregunto. ¿Por qué diantres sigo luchando? ¿Para qué tanta complicación, tanta historia, tanto tubo, tanto disgusto, tanta pelea, tanta espera? Pues porque al final se puede ser feliz incluso aquí. Tengo un par de momentos durante el día en los que sé que todo va a salir bien. Siempre coinciden cuando el analgésico me está haciendo efecto y empiezo a tener un poquito de hambre (llámame drogas, que me lo acabo de ganar). En ese momento todo va a salir bien pase lo que pase; porque lo sé. Hay veces en las que todo te vale verga (en el buen sentido), de repente te has vuelto invencible y te dan igual las hostias porque podrás con ellas. Y no en el sentido más robusto de la palabra, sino en el sentido más fluido de la resiliencia: el de la adaptación.

Yo creo que hay un punto en la aceptación en el que admites que no eres tan importante, ni tan eterno. Que en cualquier momento podrías cambiarte al 100% y volver a ser feliz en otras circunstancias totalmente opuestas. Solo necesitas librarte de la expectativa de quien te creías que eras y aceptar que todas tus versiones son igualmente válidas, siempre y cuando las explotes hasta el máximo de sus posibilidades. Y entonces te da igual lo que pase porque siempre podrás resurgir de tus cenizas.

Luego también pasan cosas, como que viene a verte la familia y te cuentan historias absurdas, que te mandan fotos imbéciles que SABEN que te van a hacer reír, o que tus primas se meten un polvorón en la boca y dicen imbecilidades. Gente que te conoce y que te quiere bien; muerto; de risa.

Eliminando la expectativa (ooootra vez)

Yo que sé, ya que tenemos un espacio en el mundo, habrá que aprovecharlo como podamos. Hasta hace una semana, yo tenía una idea bastante clara de lo que quería que fuese mi vida, y posiblemente ahí fue donde cometí el gran error; porque cuando sabes cómo quieres que sea tu vida, cualquier alternativa no es válida.

“Siempre fue mejor lo no buscado”, que cantaba Izal. “Y siempre vendrás por la puerta de atrás”, que cantaba yo. Nunca una meta alcanzada me cambió la vida, solo las cosas que no me esperaba: las que eran mejores de lo que yo me podía imaginar. Nunca tener claros los detalles me hizo dormir con una sonrisa en la cara; más bien lo contrario: tener muy claro que, fueran cuales fueran las minucias, me vendrían bien. Todo me va bien.

Al final, las enfermedades que te dejan postrado en la cama son las mejores para hacer balance de todo lo demás. Nos hacen desear algo que no tenemos en ese momento en el que hemos perdido la noción de nosotros mismos. Algo que no tiene por qué ser lo mismo que queríamos antes. Algo más grande, tal vez un sentido momentáneo de la vida, tal vez una flecha hacia la que enfilar el rumbo. Son una forma de frenar un poco dentro de la prisa, de coger perspectiva, de hacer balance de lo que tienes y realmente discernir qué te importa y qué no. En definitiva, de perder un par de puestos en la carrera de la vida y ver si esa era la carrera que querías correr.

Y al final

Al final de todo, te queda una reflexión de algunas miles de palabras y el puño en alto de la declaración de intenciones; que, por supuesto, no vale de nada. Lo único que marca la diferencia al final es con qué cara sigues después de cerrar el portátil, cuando vienen a tomarte las constantes y gruñes un poco al incorporarte porque el tubo se te ha vuelto a mover donde no debía.

Yo pensaba que la solución a estas cosas era siempre poner buena cara, pero nada más lejos de la realidad. Poniendo siempre buena cara terminas embotellando los sentimientos, y luego todos salen a presión todos juntos, y eso lo pone todo perdido, y qué pereza limpiarlo.

No hay que ser feliz siempre. Está bien llorar, está bien frustrarse, está bien estar de morros un rato, y también está bien tragarse el orgullo, pasar página y aceptar que las cosas no siempre pasan como tú quieres.

Que está bien sentirlo todo como viene y no ser un niñato, vamos.

Cuando todo pase, no habrá tubo, no habrá dolores, no habrá esperas y no habrá incertidumbres. Cuando acabe todo, los días de hospital se condensarán en un día de la marmota un poco ambiguo donde tampoco hice tantas cosas, y en un montón de historias cachondas que contaré cuando ya esté bien y me quede sin tema de conversación en mitad de unas cañas.

Lo que no se irá nunca será el cariño de todos los que vinieron a verme, los que no paraban de escribir porque solo querían verme bien y de vuelta, y los que, sin conocerme siquiera, se dejaban los cuernos para llevarme a casa. Eso, señores, no se me olvidará nunca, porque lo llevo en las cicatrices.

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