Internet ha muerto; ¡viva internet! 12'

por Bor Cobritas 12/12/2017

Estoy pasando por una época de desengaño con internet muy fuerte. Es como cuando descubres que tu colega de toda la vida, ese al que tenías idealizado cual jinete montando en unicornio, en realidad es un capullo que no sabe hacer la “O” con un canuto. Y no es que siempre haya sido así, sino que ha ido convirtiéndose tan poco a poco que no has sido capaz de darte cuenta hasta que ha sido tan exagerado que has tenido que parar un momento para ver el panorama; y has flipado en colores.

RIP Internet

Al principio de los tiempos, internet era esta cosa misteriosa que casi nadie conocía y que muchos menos sabían qué se podía hacer con ella o cómo funcionaba. Era uno de esos territorios inexplorados al alcance de todo el mundo donde todo era posible hasta que se demostrara lo contrario y donde la gente se metía a probar mierdas a ver qué se podía hacer con ello y cómo explorarlo. Estoy hablando de cuando Google no existía, te conectabas a internet con un modem de 56 kbps que hacía un ruido loco para conectarse, pagabas por cada minuto que estabas conectado, y no podías hablar por teléfono y navegar a la vez porque era demasiado para la línea. En esta época los conectados éramos una minoría de exploradores curiosos que no sabíamos muy bien qué pasaba o qué se podía hacer, pero nos flipaba la grandeza de la posibilidad; de una red mundial de acceso instantáneo donde cualquiera que tuviera un módem podría consumir y aportar a placer, y a una velocidad ridícula.

Mi primera web

Cuando tenía 10 años me regalaron un libro de HTML para niños con el que aprendí a hacer páginas web. Todo lo que necesitabas era el bloc de notas de Windows y algo que contar. Y como con 10 años todo te parece interesante, me pertreché mi primera página web, llena de colores chillones, gifs cutres y Comic Sans (esto es de cuando todavía molaba no se había convertido en el sacrilegio tipográfico que es ahora mismo).

comic sans

Era una mierda, pero era mi mierda, y fue posible gracias a que existía este sitio loco, global y conectado donde la gente hacía un poco lo que le venía en gana sin molestar a nadie y podías encontrar locos con las mismas taras que tú y mandarte correos con ellos aunque cada uno viviera en una parte del globo.

Los foros

La primera gran revolución social de internet de la que formé parte fueron los foros. Esos sitios anónimos donde una pandilla de frikis sin cara y con algún nick (porque se llamaban así, palabra de abuelo cebolleta) nos juntábamos a comentar temas que nos flipaban y compartíamos material y rarezas relacionadas con lo que quiera que fuese que tuviésemos entre manos en ese momento. Recuerdo con especial cariño un foro de Pokémon donde nos pasábamos versiones piratas japonesas a medio traducir de juegos que todavía no habían salido al mercado y abríamos hilos interminables cuando nos atascábamos porque una frase crucial no estaba traducida y Google Translator todavía estaba por existir.

Lo que más me llama la atención es que no recuerdo que hubiera casi trolls, y la gente que perturbaba el estado de paz y colegueo de aquellos foros tardaba muy poquito en desaparecer para siempre. Ya no sé si porque antes éramos más educados o porque la gente a la que no le interesaba el tema, simplemente se quedaba al margen y no opinaba.

El Messenger

Esta fue la primera encarnación masiva de la mensajería instantánea. Como un WhatsApp en versión de escritorio, el Messenger permitió a toda una generación disfrutar de todas las ventajas de la comunicación instantánea vía texto con cualquier persona de la cual tuvieras el correo electrónico. Los introvertidos encontramos en este programita una trinchera perfecta para hablar con la gente sin tener que enfrentarnos a las inseguridades que traía consigo el cara a cara. Lo bueno era que, como solo podíamos hablar desde la comodidad de la silla en frente del ordenador, de vez en cuando estábamos forzados a salir a la calle, interactuar con gente y darnos cuenta de la terrible diferencia que hay entre chatear con alguien y hablar con alguien viéndole la cara.

Cuando hablas con alguien en la vida real, cada cosa que dices tiene un efecto en la otra persona, y ese efecto (salvo que tu interlocutor sea un sociópata o muy buen actor) se ve reflejado en su expresión. Esto de ver el poder que tienen las palabras en la gente a la que se las decimos es algo que se pierde en la comunicación online. Ganas en inmediatez lo que pierdes en humanidad, que es lo mismo que ganas en malentendidos y luego pierdes en dar explicaciones para aclarar las cosas (así que al final quedabas empate, pero con emoticonos).

msn messenger

Las redes sociales

Las primeras iteraciones de las redes sociales eran sitios donde podías contar tu vida y espiar la de otros sin pedir permiso y sin ser visto. Todo muy sano.

Ya no necesitabas quedar con tu amigo de toda la vida para enterarte de que se fue a Portugal de vacaciones y le picaron tres medusas mutantes, porque ahora podías ver la foto de la picadura con los consiguientes comentarios de mofa, befa, escarnio y compasión, todo desde la comodidad de tu sofá. También podías ver cómo había evolucionado la fiesta de la última noche después de irte tú (porque al día siguiente tenías que estudiar, pero allí estabas, en el puto Tuenti) y ver cómo tus colegas se lo habían pasado mejor que en su vida, habían estrechado lazos gracias a la experiencia y tú no podrías jamás llegar a ese nivel de compenetración porque no habías estado presente. Entonces, en lugar de dejarlo correr y ponerte con Cálculo I, empezabas a leer los comentarios de la foto, que estaban llenos de anécdotas y bromas locales que tú no entendías porque no habías estado, pero estabas obligado a leer porque estaban ahí escritos y no podías dejar de leerlos y flagelarte con la culpa de no haberte quedado media hora más y haber sido partícipe de esa experiencia iluminadora de amistad y camaradería.

De verdad, todo sanísimo.

Menos mal que solo podíamos entrar desde el ordenador, porque si no no sé qué habría sido de nosotros. Ejem.

Mi primer blog

Tuenti tenía una especie de tablón en tu perfil donde podías escribir cosas y subir vídeos y al que le diera la gana podía leerlo y limpiarse el culo con ello o enmarcarlo. A mí siempre me había gustado escribir, así que decidí canalizar mi metafórica intensita púber y escribir mis cosas ahí, a modo de terapia adolescente, esperando que si alguien lo leía no se riera mucho de mí. Dio la casualidad de que a mucha gente le gustó, y me recomendaron que me abriera un blog, cosa que hice. Y entonces se abrieron las puertas del infierno.

Ese día sentí por primera vez el vértigo de la posibilidad creativa, la certeza de que tenía un espacio a mi disposición para hacer lo que quisiera con ello, e igual que la tenía yo, la tenía todo el mundo, y estábamos todos ante la inmensidad de una movida mazo de tocha, porque de repente todos podíamos escuchar y ser escuchados sin necesitar la aprobación de nadie y sin tener que pasar por el filtro de ninguna cadena de televisión, editorial o radio. Aquello era el paraíso, y una putada, porque éramos muchos, y encontrar gente nueva era toda una odisea.

Facebook, Twitter, Instagram: la buena época

Una de mis cosas favoritas de las redes sociales era que la gente las usaba para compartir cosas que les gustaban. Era todo muy democrático, porque tú podías colgar tu mierda y si a la gente le molaba, ellos la compartirían a su vez, y se iría creando una cadena de distribución boca a boca donde el único criterio era el buen o mal gusto de cada uno.

En aquella época las redes sociales eran cronológicas, lo que significaba que el tablón de cada uno era una selección de las cosas favoritas de tus contactos. Si tenías contactos con buen gusto, aquello era un lugar maravilloso y cada día encontrabas gente nueva que hacía cosas increíbles y que solo podías haber llegado a ellas gracias a que existía una cosa como internet.

La era de los algoritmos

En algún momento entre 2013 y 2017, todos nos compramos un smartphone, Facebook se masificó y compró Instagram, y Twitter decidió ampliar el límite de caracteres a 280. Por el camino, los tablones de las redes sociales empezaron a poner anuncios y dejaron de ser cronológicos para pasar a ser controlados por un algoritmo que te enseña las publicaciones que le sale de los huevos (primero las que han pagado dinero y después las demás; si eso).

Además del control mediático este al que nos sometemos con gusto, resulta que estamos conectados las 24 horas,  y como los humanos somos un desastre ejerciendo autocontrol, nos pasamos muchas horas al día mirando compulsivamente Facebook e Instagram (Tuenti ya no existe, DEP) para reafirmar nuestras inseguridades viendo cómo a todo el mundo le va mucho mejor que a nosotros. Y lloramos por dentro. Todo cada vez más sano, de verdad.

Las redes sociales un día fueron un lugar donde compartir libremente con tus contactos la mierda que te gustaba. Ahora no son mejores que los anuncios de Antena 3.

El contenido es el rey y sus padres son hermanos

Creo que tenemos que repensar los porqués de lo que hacemos.

Por un lado, hemos llegado a un punto en el que nadie tiene demasiado claro qué hace en internet ni por qué lo hace. Hemos perdido el espíritu juguetón y explorador y nos hemos conformado con el modus operandi de la mayoría de la gente como si fuera el único. Desde aquella primera web ha llovido mazo, y si me hubieran dicho entonces que iba a ir por la calle con un superordenador conectado a internet con 4G en el bolsillo y que lo usaría para sacarme selfies, subirlas a una especie de repositorio narcisista, mirar compulsivamente a cuánta gente le gusta la selfie para sentirme validado por desconocidos y criticar a las selfies de otros, me habría dado un bien merecido bofetón.

¿Consumimos porque nos gusta o porque Facebook nos lo pone en bandeja? ¿Creamos porque es una expresión sincera de lo que somos o porque le va a gustar al algoritmo? Ante la posibilidad infinita que teníamos (y tenemos) es un poco irresponsable conformarse con crear y consumir lo fácil. Es el equivalente internáutico de comer McDonalds solo porque es más fácil y tiene más sabor que hacerte algo en casa; de vez en cuando está bien, pero a la larga te vuelve obeso, infeliz, y hace que seas incapaz de apreciar la comida normal.

El contenido de mierda está diseñado para atontar y ser adictivo. La atención es la nueva divisa en la era digital y cuanto más tiempo estemos como zombies delante de los vídeos de mierda, los blogs de “Lo Que Ocurrió A Continuación Te Sorprenderá…” y las discusiones eternas de Twitter, mejor para los que ponen anuncios y peor para ti.

Como consumidores, podemos elegir dejar de ver esa mierda. Como creadores, podemos elegir no hacer esa mierda y hacer Buena Mierda en su lugar. Pensadlo.

Lo peor de la gente, con velocidad 4G

Por otro lado, al principio internet era un lugar separado de la realidad donde alguna gente iba como quien va al kiosco a comprar el periódico y charlar con los abuelos del barrio y luego seguía con su vida. Ahora somos tantos conectados y durante tanto tiempo que parece que hemos llegado a un punto en el que tenemos más vida dentro de internet que fuera, y donde todos los comportamientos tóxicos del mundo real han pasado al virtual sin corrección de escala.

La red nos hace tan inmediatos y tan ubicuos como nuestros problemas, y todas las formas que teníamos para solucionar los problemas del mundo real (yo qué sé, espacio, tiempo para pensar, intimidad, verle la cara a la gente cuando hablas, hacerte responsable de lo que dices) han desaparecido con la inmediatez y la ubicuidad, de forma que estamos atrapados en una realidad falsa que amplifica lo mejor y lo peor del ser humano; pero claro, lo peor es más, y se amplifica tanto que termina por eclipsar lo bueno, y eso, que Twitter.

Una vez me dijeron que es de mala educación utilizar un cuchillo para cortar algo que se puede cortar directamente con el tenedor. Pues lo mismo:

Es de mala educación utilizar internet para hacer algo que se puede hacer mucho mejor y más rápido en el mundo real.

Que cada uno lo rumie por su cuenta y lo comentamos con una birra. Buen día

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