El síndrome del juguete de las navidades pasadas, o por qué nos flipan las cosas nuevas 3'

por Bor Cobritas 02/04/2015

Juguetes

Día 1:

Te acabas de comprar un teléfono. ¡Cómo mola! Está nuevecito y brillante, y casi te da cosa quitarle el plastiquito de la pantalla, así que decides dejarlo puesto hasta que te compres ese protector de pantallas antimartillazos que has visto en la teletienda. Sí, aunque tenga el logo de la marca en mitad de la pantalla, a ti te da igual, porque es tu nuevo pequeño y por él MATAS.

Ahora, recibir un WhatsApp es como un ritual. Lo primero, te paras a escuchar el maravilloso sonido que le has puesto para las notificaciones, ese que suena como una rama cayendo en un lago de agua de manantial en el claro de un bosque de coníferas una mañana de otoño. Te paras estés donde estés, impidiendo el paso a quien ose atravesar ese trozo de calle, sacas el teléfono del bolsillo que tienes dedicado exclusivamente al teléfono, le quitas la funda-calcetín con extremo cuidado, abres la tapa de la segunda funda (porque nunca se sabe), limpias la pantalla como si del culito de un recién nacido se tratara y te paras unos segundos para admirar la maravilla que tienes entre tus manos.

Entonces desbloqueas la pantalla (con reconocimiento facial, huella dactilar, patrón y código PUK, porque el teléfono lo permite y es súper útil porque tienes una pieza de alta tecnología entre tus manos), compruebas tu mensaje y respondes un señor párrafo con calma y cuidado, teniendo la precaución de ser correcto gramaticalmente. Entonces bloqueas la pantalla, admiras una vez más, tapas, metes en la funda, depositas en tu bolsillo con extremo cuidado y, por fin, permites que la gente vuelva a pasear tranquila por la calle.

Día 30:

Notas que te vibra la pierna; será un WhatsApp. Tienes el móvil sin sonidos porque acabaste hartito de tanta notificación zen y tanta chorrada. Sacas el móvil de cualquier manera y miras qué quiere quien sea. No tienes que quitar fundas porque al final eran un engorro y total, el móvil aguantaba bastante bien yendo en el mismo bolsillo que las llaves. después del primer rayajo viste que no era para tanto y decidiste simplificar. Tampoco tienes que andar desbloqueando con 3 grados de seguridad; a la semana de comprártelo salió otro modelo más barato y mucho mejor, así que, quién te lo iba a querer robar?

Respondes con un gesto del pulgar: «vafe». Ya ni ortografía ni leches; total, para qué, si así me entienden. Justo llegas a casa y arrojas el móvil al sofá, solo para ver cómo rebota y se cae de canto al suelo. Lo recoges y está intacto. «Si total, al final aguanta».

El síndrome del juguete de las navidades pasadas

Esto es lo mismo que te pasa cuando eras canijo y venían los reyes. Ese día todo es la pera limonera, y te encantaban tus juguetes nuevos, y estabas flipando en colores con todas las características megamolonas de tu nuevo coche teledirigido (crecí en los 90, qué pasa) y te faltaba tiempo para jugar con todo. Un mes después, estabas tirado en el sofá fantaseando con la siguiente carta a los reyes.

Y yo me pregunto ¿por qué? ¿Por qué nos flipan tanto las cosas nuevas? ¿Por qué parece que siempre, siempre estamos esperando a «la próxima gran cosa/persona» que solucionará todos nuestros problemas? ¿Por qué parece que nunca tenemos suficiente para empezar a perseguir sueños o disfrutar de la vida o ser felices y todas esas cosas que se supone que son lo que los humanos esperamos de la vida?

Si tienes alguna idea, se agradecerá 😉 ¡Que vaya bonito!

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Foto: Peter Kirkeskov Rasmussen

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