El Karma 3'

por Bor Cobritas 23/02/2016

Karma

El karma no es una perra, es una gaviota. Una gaviota buitrera que se come los sandwiches de pobres enfermitos convalecientes recién salidos del hospital sin ningún pudor ni dar las gracias ni avisar ni na.

Esta es la historia de la vez que salí del hospital y mis planes de “ya qué más puede pasarme” se truncaron de la forma más absurda posible. La historia está contada en el vídeo de arriba con todo mi arte y salero, pero para los que pensáis que soy muy feo, los que me leáis de tapadillo y los que no queráis gastar datos, aquí va la versión escrita:

A dar paseos, dijimos

Yo estaba en California de vacaciones, cuando un neumotórax me desinfló un pulmón sin avisar. Después de 12 días en el hospital y sin poder darme una ducha, por fin me sacaron del sitio aquel con todos los pulmones funcionando y una sola consigna: tú da paseos.

Así que a dar paseos. Aprovechando que estábamos buena parte de la familia, nos fuimos a una playa paradisíaca de estas majas del pacífico a comer, pasear y echar la tarde. El plan era comer y luego mover un poco el esqueleto, aunque ya me suponía yo que después de 12 días en horizontal no iba a poder menearme mucho sin:

  1. Cansarme.
  2. Creer que me había dado otro neumotórax.

Pero eh, por algún sitio se empieza.

Así que mi santa madre (que cocina muy bien, todo sea dicho) hizo sandwiches; y qué sandwiches. Dicen que un buen sandwich tiene una estructura óptima, que tienes que saber combinar sabores y texturas para que la experiencia culinaria sea perfecta. Esto, por supuesto, no es trivial, y para profanos como yo, asistir al milagro de un buen sandwich es todo un acontecimiento.

Así que mi  madre no hizo sandwiches, hizo acontecimientos. Total, que yo, ilusionado del copón y muertito de hambre, me disponía a inaugurar la temporada 2016 de comer cosas ricas (porque la comida del hospital, meh) y catar el providencial “primer bocado de libertad”. Era perfecto, la metáfora que necesitaba para convencerme de que la suerte estaba cambiando.

Pues no, pues coge una gaviota y me lo arranca de la mano antes de que me diera tiempo a darle un mordisco. Es que imagínate mi cara; de imbécil, por supuesto. Trolleado a lo más grande por el equivalente marítimo de las palomas.

Moralejas

En otra época de mi vida y un estado en el que no me hubieran dolido partes random de mi cuerpo, me habría liado a leches con las gaviotas (mi sandwich, mío o de nadie), pero no estaba yo para hacer aspavientos, así que La Mami hizo lo que habría hecho cualquier madre y me dio la mitad de su sandwich.

Lección #1: Nunca dejes de agradecer los favores de una madre.

Yo soy de los que creo que las cosas pasan porque pasan, y luego tú ya decides si las utilizas como motivación o como excusa. En este caso, yo lo vi clarísimo y aproveché para alegrarle el día a alguien. Así que se lo conté a mi cómplice de historias altamente denigrantes, esa persona que sabes que lo va a apreciar porque podría haberle pasado lo mismo y también te lo habría contado.

Solo con ver la reacción, ya mereció la pena.

Lección #2: Hacer reír a alguien que te importa es el mejor de los regalos.

Karma is a seagull

El karma es uno de mis placebos favoritos. Soy de los que creo que la vida te deja hacer dobles lecturas de casi todo, y los momentos de dudosa conveniencia (esos en los que las cosas no salen según tus expectativas) son la oportunidad perfecta para aprovechar y canalizar esa energía chunga para motivarte a hacer cosas fantásticas y cambiar el mundo.

Yo, por ejemplo, ya estoy elaborando un plan de exterminio gaviotil. Make it happen, chavales.

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