Ordenando los desórdenes alimenticios: un relato en primera persona 9'

por Bor Cobritas 27/02/2014

Estamos en la semana de concienciación contra los desórdenes alimenticios. Ya, yo tampoco lo sabía. Esta iniciativa nace en USA, más concretamente, en la NEDA (National Eating Disorders Association), donde una vez al año se pasan 7 días concienciando (que es gerundio) al mundo en general sobre este tipo de enfermedades.

Antes que nada, yo aviso. Esto es mi experiencia personal; un desorden alimenticio nivel usuario. Si crees que necesitas ayuda, acude al médico o a algún centro especializado en el tratamiento de trastornos alimenticios. La mayoría de las veces, la primera visita es gratuita, y siempre vale más prevenir que arrepentirse.

Y tú me dirás “bah, a mí eso me la pica porque yo desórdenes alimenticios no tengo”. Bueno… o igual sí y no lo sabes. Por ejemplo, cuando hablamos de bulimia, todos pensamos en la típica adolescente que come y, acto seguido, va al baño a potar lo comido para que eso no le engorde. ¿Sí, verdad?

Lo que la mayoría no sabemos es que hay un tipo de bulimia, denominada “no purgativa”, en la cual, el afectado compensa grandes atracones de comida con el ayuno, la toma de laxantes o cantidades ingentes de ejercicio para “compensar” la sobredosis de calorías. Es el clásico “si he comido 2000 calorías de más, en cuando las queme/cague/no coma habré vuelto a la normalidad”. Sería así de fácil de no ser por las consecuencias mentales.

Como esa hay otros tantos desórdenes catalogados como tales. La ortorexia, donde solo se comen alimentos considerados sanos, la megarexia, donde los obesos no se ven como tales y siguen comiendo, la mítica anorexia de toda la vida, la diabulimia, que es un tipo de bulimia en diabéticos donde se regulan las cantidades inyectadas de insulina para compensar atracones… etc.

Lo gracioso es que, leyendo la lista, me doy cuenta de que he pasado por unas cuantas de estas. Obviamente nivel usuario, pero lo suficiente como para haber experimentado el viaje mental de un enfermo de verdad sin todas las consecuencias. Y como estamos en la semana de concienciación, vamos a concienciarnos, ¡qué coño!

Hoy voy a hablar de mí en primera persona, y os digo desde ya que no va a ser bonito. No sé si servirá de algo o si le gustará a alguien. Solo sé que a mí me habría encantado poder leer esto hace unos años.

¿A que era mono y regordete?

¿A que era mono y regordete?

Culopollo

Nunca fui un niño muy agraciado. A ver, yo de pequeño era guapísimo, pero de habilidades sociales me faltaban un par de clases. Me contó una vez una amiga que yo de pequeño, con 5 años, salía al porche de mi casa a leer el periódico. Genio y figura. Cuando era chiquitín no tenía muchos amigos que digamos. Era uno de esos chavales asociales que en los recreos no jugaba al fútbol porque se le daba mal y al que los matones del cole le hacían putadas de vez en cuando. Nada serio, pero sí lo suficiente como para que de chiquitín no fuese muy feliz.

La escena se iba repitiendo, conmigo escalando poco a poco en el organigrama social mientras me iba dando cuenta de cómo iba eso de relacionarse con la gente. Además, para colmo era de los que mejores notas sacaba (cosa no buena) y era ligeramente gordito. De hecho, me llamaban culopollo (por motivos más que obvios). Para un chaval con la moral baja y un apoyo social más bien mediocre, estas cosas no sientan muy bien, pero daba igual. En casa me querían todo lo que no me querían fuera y, poco a poco me fui granjeando un lugar entre la gente.

Y entonces me cambié de colegio.

El ateo

Por no estar, no estoy ni bautizado. Imagínate con qué cara llegué yo mi primer día en un colegio de Jesuítas. Pues eso, con la cara echa un Cristo (¡juas!). Colegio nuevo, gente nueva, ciudad nueva. Había pasado de un colegio público de pueblo a un colegio de niños bien en la ciudad. Un cierto cambio, sí.

Cuando tienes 12 años y te mueves en esos ambientes, ser uno mismo es algo que no se lleva porque te llueven hostias de todas partes (sobre todo en misa. ¡Juas!). Imagínate, yo, recién llegado y con mi historial social y mi autoestima a juego; y eso por no hablar de mi nulo sentido de la moda en un lugar en el que no se cambian cromos, sino monigotes de marcas de ropa.

Pues eso, automáticamente me convertí en el ateo y esta vez no tenía ni el consuelo de ser buen estudiante porque me estaban dando unos muy buenos repasos en clase; los que yo no daba en casa. Y nada, pues eso, la historia de siempre, la gente metiéndose conmigo, yo, sin rincones para esconderme y lo de encontrar un lugar en el que sentirme cómodo… pues como que no.

También daba la casualidad de que, con el cambio de casa, yo había empezado a comer realmente mal, y lo de culopollo empezó a trasladarse a todos los ámbitos de mi corporalidad. Ahí estaba yo, ateo perdido, cuerpoescombro, con unas dotes atléticas nulas y un sentido de la moda peor; perdido en una jungla en la que me sentía el último mono.

Por suerte en casa siempre estaba bien. Menos mal que mami y papi estaban siempre para darme ánimos y mostrarme un mundo en el que yo era aceptado.

Si no estás cómodo, corre

Había un pensamiento que se repetía dentro de mi cabeza recursivamente:

“Si yo fuera guapo y atlético, la gente me respetaría. Todos los guays son guapos y están buenorros y la gente les hace caso.”

Sí, la frase es para darme otras dos hostias bien dadas, pero así era yo. Un pobre infeliz social. Tenía amigos, claro que sí, pero con 14 años los amigos ya no lo son todo y empieza a picar una cosita detrás de la oreja llamada reconocimiento social que influye bastante.

Y así empecé a correr.

Un día, en clase de educación física (que yo repudiaba por motivos obvios), un amigo me dijo “venga Borja, ¡si correr es divertido! ¡Si te esfuerzas le coges el punto!” No tenía nada que perder, así que tiré millas. Como una metáfora de mi propia vida, en la que quería escapar de todo, eché a correr.

Lo recuerdo perfectamente, pesaba 72 kg. Salí a correr, volví súper cansado a casa, ni cené y a la mañana siguiente lo vi:

70,9

Ahí mi cabeza empezó a volar ella sola y, cómo no, consideró que en una semana me iba a poner como los de UPA Dance (que en aquella épca se llevaba mucho). Era facilísimo, solo había que correr todos los días y no cenar; pues ala.

El segundo día, cuando volví, me vi sin camiseta en el espejo con una luz cenital coooojonuda que tenía y me vislumbré medio abdominal asomando por entre la lorza. “Ya está”, pensé, “este es el buen camino. Sigue por aquí”.

Si no sabes algo, invéntatelo

A partir de ahí todo fue cuesta abajo en el tema deporte-comer-salud-ánimos. Imagínate a un preadolescente con la moral de una nutria, la confianza en sí mismo de un escarabajo pelotero, unas cuantas toneladas de complejos y un “método infalible” para adelgazar. Pues eso, que no pregunta. Y si no sabes de algo tan peligroso como la alimentación y el deporte, después pasa lo que pasa: que te vas a la mierda.

En aquella época todo lo que fuese comida era el enemigo. “Quiero poquito”, “uy no, no me pongas mucho, que no tengo hambre” y “no, es que no me encuentro muy allá” eran las frases del día a la hora de pedir comida. Eso lo combinaba con comer a escondidas, grandes atracones de dulces y comida basura y la providencial vomitona provocada porque después de semejante panzada a comer, no te encuentras nada bien.

No tenía ni puta idea de comer, ni de hacer deporte. Las únicas premisas eran más, más, más deporte y menos, menos, menos comida. Estaba bulímico perdido y yo ni lo sabía. Cuando tienes un trastorno tan fuerte de tu propia imagen, como tenía yo, no atiendes a razones, solo a lo que ves. Y lo que ves es el número de la báscula y tu imagen en el espejo, así que estamos aviaos.

El comer y el rascar…

Pues eso. Tener un desorden alimenticio es una de esas espirales de mierda en las que entras y ya no sales por definición.

El proceso era el siguiente:

  1. Racha de días comiendo poco y corriendo mucho
  2. Sentirme bien con mi cuerpo
  3. Morirme de asco y de cansancio, tener un humor de mierda, estar débil y marearme
  4. Comer a escondidas o pegarme un craving de comida basura
  5. Verme gordo y asqueroso, odiarme
  6. Vuelta al punto 1

Y así hasta el infinito. La desconfianza y el odio a uno mismo se van construyendo poco a poco sobre cada iteración mientras te vuelves un poco más miserable cada vez y ya no sabes por dónde salir.

Y mientras tanto, la vida pasa y tú no la disfrutas, y día a día vas perdiendo oportunidades preciosas de ser feliz.

No hay mal que 100 años dure

Yo tuve suerte. A mí me querían mucho y me lo demostraban más. Y con un ambiente así es complicado vivir en una cárcel mental durante mucho tiempo sin que te saquen a hostias, enganchado de las orejas y al grito de “niño, tú eres muy gilipollas”. Con el paso de los años he conseguido dejar atrás todo eso y aprender a vivir la vida como se merece: bien.

La gente que me conoce de nuevas, no se lo cree cuando le cuento estas historias. No les cabe en la cabeza que yo haya podido ser así. No me quiero tirar flores, de verdad. Me quiero mucho, pero no creo que sea nada excepcional; solo creo que soy único. El caso es…

Para casi casi todo hay una segunda oportunidad. Yo la tuve y la aproveché. Y puedo decir orgulloso que, desde hace unos 6 meses estoy completamente libre de mentiras que se inventa mi mente. Otra vez, no es por alardear, es solo por mostrar que se puede. Para mostrar que todos somos iguales en cierto modo y que, por muy malas pasadas que nos haya podido jugar nuestra cabeza, se puede volver a ser libres.

He escrito esto para mí, para mi yo del pasado. Porque, si yo hubiera leído esto hace 12 años, tal vez me habría ahorrado un par de disgustos; e igual hasta sería más alto; copón.

 

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