#Selfielosófica 3'

por Bor Cobritas 11/08/2016

Parecía buen nombre y mejor hashtag; además, tenía (mucha) resaca y una necesidad muy fuerte de escribir cosas tontas a vuelapluma por lo menos. Así que me hice un (¿un, una?) selfie.

Como todas las cosas buenas en la vida, la idea fue un robo hecho con estilo. No era el primero que se sacaba una autofoto y aprovechaba la coyuntura para marcarse unos versos sin rima en plan Garcilaso trasnochado (ni tampoco sería el último), pero sí sería el primero que le pondría un hashtag molón; porque si el nombre funciona, te apetece más hacerlo.

#selfielosófica

Por supuesto, estoy hablando de mi #selfielosófica semanal de Instagram: una foto donde vomito todo lo absurdo, intensito e incongruente que he ido acumulando durante la semana y lo esparzo por el pie de foto de una instantánea con mi careto como principal protagonista. Y de momento la idea ha cuajado bastante bien.

La gente creativa tiene una necesidad fisiológica (¿#selfisiológica?) de crear que le obliga a buscar excusas todo el rato para darle salida a todas esas cosas locas que no paran de ocurrírsele. Además, si no se evacuan, las ideas viejas que nunca se hicieron, fermentan y dejan una sensación de frustración e inseguridad que te hace sentir como si no pudieras volver a crear porque ya no te sale nada lo bastante bueno.

Total, para qué, si lo último que pensé tampoco llegó a ninguna parte.

Y tampoco tiene que ser verdad, solo tiene que ser malo. Es ese poder que tienen las malas experiencias de multiplicarse en la memoria y hacernos creer que tienen mucha más importancia que las buenas: el sesgo negativo, o el hecho de que solo hace falta una raya muy pequeña para manchar una hoja en blanco.

Total, que para evitar que estas cosas pasen, lo mejor es crear mucho y tener las expectativas bajas. Buscarse una pequeña obligación semanal para mantener los zumitos creativos fluyendo y mantenerlo como un juego. Porque jugar a ser un artista que hace cositas es mucho más llevadero que pretender ser un creador de talla internacional cuya obra no tiene parangón.

Muchísima menos presión, dónde va a parar.

Una selfielosófica es tan sencilla que no te puedes negar a hacer una a la semana; no puedes tener la poca vergüenza de decir que no tienes tiempo y encima creértelo. El tiempo medio por publicación ronda los 5-10 minutos, y la dificultad es nula porque no hay ninguna expectativa que cumplir, aparte de publicarla. Entonces se hace fácil hacer y le vas cogiendo el gustillo a eso de cumplir todas las semanas.

Es terapéutico ver cómo se acumulan cosas. Sobre todo para alguien como yo, a quien la constancia le cuesta un par de intentos, es un pequeño orgullo íntimo ver que puedo crear todas las semanas, y que puede darme igual publicar cosas mediocres; sobre todo cuando lo mediocre gusta más que lo que yo pensaba que era genial, y recuerdo una vez más que somos los peores jueces para nuestras propias obras.

Yo defiendo que todo el mundo tiene creatividad en algún área, aunque creatividad no sea la primera palabra que te venga a la cabeza para describir eso que haces. Cualquier cosa, hecha con mimo, tiene su propio ADN de obra de arte, y, por tanto, cualquiera puede tener su selfielosófica. Llámalo selfielosófica o “esos 10 minutos del domingo donde hago lo que me da la gana solo porque me gusta y por el placer de verlo hecho y ver que lo sigo haciendo pese a que la vida pasa y se pone en medio”.

Eso. El derecho que tenemos a crear a pesar de todo.

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