Cómo encontrarse en medio de una slackline 5'

por Bor Cobritas 19/05/2015

Slackline

La vida es como caminar por la cuerda floja.

Hala, y ahora que ya he dicho la frase profunda, voy a explicarme un poco más antes de que alguien vomite un arcoiris.

Si nunca te has subido a una slackline (nombre posturas de la cuerda floja de toda la vida), te recomiendo que pospongas la lectura y te subas a una; o que te leas esto, y luego busques una slackline, y te lo vuelvas a leer; o no, yo qué sé. Tú a tu rollo.

El oto día estuve un día entero intentando dar dos pasos encima de una sin caerme, y fue la típica cosa que, sin darme cuenta, me estaba enseñando más cosas de las que yo podía asimilar. Era como una forma de explicar la existencia y penas del ser humano hecha de nylon y con un peso de poco más de 2 kg.

Y con la tontería, me apunté un manual de instrucciones para la vida:

  1. Súbete.
  2. Intenta mantener el equilibrio mientras descubres que no tienes ni idea de lo que estás haciendo ni de dónde te vienen los golpes.
  3. Pon un pie delante de otro, lo que implica repetir el paso anterior (literalmente) cada vez que avanzas una patita por delante de la otra.
  4. Intenta no caerte.
  5. Cáete.
  6. Levántate y sacúdete la frustración.
  7. Vuelve al paso número 1.

Subirse ya es complicado, porque no puedes tantear el terreno antes de hacer fuerza. En cuanto colocas la pierna, la cinta empieza a agitarse como las nalgas de las bailarinas de Pitbull y no hay manera de saber cómo va a ser subirse sin subirse. La única manera es dando el paso desde el principio. Con fuerza, ¿sabes? Sin dudas ni historias, realmente teniendo ganas de subir.

Y entonces llegas arriba y ves que después de lo complicado llega lo difícil, porque eso no deja de moverse, y tú tampoco.

La explicación teórica es que, para mantener el equilibrio, tienes que colocar todo tu peso en línea recta en la zona media del pie con la rodilla ligeramente flexionada y la cadera activada para mantenerte estable. La realidad es que, una vez que estás arriba, te conviertes en uno de esos muñecos locos que no paran de agitar los brazos mientras intentas desesperadamente colocar tu peso en alguna parte que no sea el suelo.

Si alguna vez habías creído que sabías como controlar tu cuerpo, ahí ves que no. Es como cuando te crees que sabes lo que estás haciendo con tu vida y en realidad ves que no sabes ni hacer la O con un canuto, y que estás en mitad del escenario, y que vienen los leones, y que quieren saltar por el canuto o pegarte un bocado. Y tú ahí, como un pasmarote, en mitad del circo y con una W bien grande en la mano sin saber qué hacer.

Por si eso no fuera poco, luego tienes que caminar. Dar pasos. O sea, poner un pie delante de otro, cambiar el peso y repetir otra vez todo el proceso ese de desequilibrios, y leones y alfabetos y todo eso. Que no valía con hacerlo una vez, hay que hacerlo cada vez que quieras avanzar un poquito, una vez por cada pasito.

Además, durante todo ese tiempo tienes que intentar no caerte de morros. O sea, ir repitiendo el proceso de dar pasitos sobre la incertidumbre y encima (porque esto no es solo andar) hacer malabares con las bolas que te van tirando, y hablar con la gente, y hacer amigos, y enamorarte, y ayudar a gente a subirse a la cuerda, y ver como unos vienen y otros se van, y todo eso mientras bailas como un muñeco frenético porque no te quieres caer.

Y te caes. Poque admitámoslo: al final, siempre te caes. Y caerse no es malo, es lo normal. Pasa todos los días y no pasa nada: te pegas un leñazo, te levantas, te sacudes el polvo y la frustración, y otra vez arriba. Por suerte, la dignidad es elástica y siempre vuelve a su forma original.

Y te vuelves a subir, las veces que haga falta. Hay veces que aprendes a la primera, otras a la décima, y otras en las que desaprenderás, pero eso da igual. Porque es que no hay otra opción, ¿sabes? El único camino es por encima de la cuerda, y para andarlo primero hay que subirse.

Lo malo es que hay veces que te subes un día con una gente y van mucho más rápido que tú; que se te escapan y tú no llegas. Ves que no estás a la altura y te da como rabia no poder seguirles el ritmo, no haber sido lo suficientemente bueno para ellos y ahora decirles adiós porque no das para más. Te da rabia que la gente no pueda ser siempre como tú la recordabas, pero ten en cuenta que si no les dejas cambiar no les dejarás sorprenderte para bien.

Lo bueno es cuando verás que cada día aparece gente nueva en la slackline. Que tú irás tan feliz, haciendo el baile del monigote, cuando de repente notarás un temblor y verás una cara nueva delante de ti devolviéndote el saludo del monigote con la lengua fuera intentando mantener el equilibrio allí arriba. Y vuelta a empezar. Y te voy a contar un secreto: a veces, con el tiempo, te vuelves a encontrar a la gente a la que perdiste de vista, porque la vida, a veces, da segundas oportunidades.

Mantener el equilibrio no es estar quieto. Mantener el equilibrio no es más que moverse con el flow de las cosas que pasan. Y la vida, tres cuartas partes de lo mismo y otro cuarto de magia. Así que eso, que te muevas, y que suerte con la slackline.

Igual también te mola